La inteligencia artificial ya está en las empresas andaluzas, pero no el conocimiento para manejarla
La brecha entre adoptar IA y entenderla
Las empresas andaluzas han asimilado que la inteligencia artificial llegó para quedarse. En 2022, casi seis de cada diez compañías descartaban cualquier implantación a corto plazo. Tres años después, ese rechazo se reduce a una de cada cuatro. El cambio es radical: la IA pasó de ser una posibilidad futura a una necesidad presente. Pero ese salto lleva consigo un problema de envergadura: tienes la tecnología, pero no necesariamente los conocimientos para usarla bien.
Los datos lo revelan con claridad. Cuando las empresas explican por qué no pueden implantar IA, el coste económico ocupa un segundo plano. Lo que realmente detiene a casi la mitad de las que no avanzan es la falta de personal capacitado. Se trata de un cambio sintomático: el cuello de botella ya no está en comprar, sino en saber qué comprar y cómo hacerlo funcionar. Las universidades y la formación preuniversitaria muestran carencias notables, especialmente grave en las pymes, que tienen menos margen para experimentar o atraer a especialistas.
¿Dónde entra la IA primero en los despachos? En las tareas donde produce resultados visibles al instante. Dos tercios de las empresas que ya la usan la aplican en administración y gestión. El 60% la utiliza en marketing y ventas. La presencia en gestión de personal casi se ha duplicado desde 2022. Sin embargo, casi desaparece de la cadena de suministro, el almacenamiento o la logística. La tecnología coloniza las oficinas, no las naves de producción.
Respecto a los beneficios, la realidad es más modesta de lo que era hace tres años. Las empresas perciben mejoras en eficiencia, sí. Algo más de la mitad nota cambios en la innovación, y un 50% en la calidad del producto. Pero esas valoraciones son inferiores a las de 2022. Los autores del informe lo atribuyen a la experiencia acumulada: cuando la IA deja de ser una promesa lejana y se convierte en herramienta cotidiana, sus limitaciones, errores y fricciones se hacen visibles. Las expectativas bajan, y con ellas, la puntuación.
Otra característica que define este momento es la dependencia creciente de soluciones externas. Nueve de cada diez empresas usan personal propio, pero el 63% adquiere licencias, el 55% contrata consultoras y el 40% colabora con otras organizaciones. Estos porcentajes han crecido de forma espectacular en tres años. Se trata de un modelo de acceso más ágil, pero también más frágil: delegas procesos sensibles en plataformas cuyo funcionamiento no comprendes del todo, con precios volátiles y datos que pueden procesarse fuera de tu control.
La inversión prevista es cautelosa. La mitad de las compañías planea gastar hasta el 5% de su facturación anual, y otro 22% entre el 5% y el 10%. No se trata de apuestas monumentales.
El diagnóstico es complejo: ves que la IA es inevitable, inviertes en herramientas, pero careces de la formación interna para gestionarlas con autonomía. Eso te hace depender de terceros, multiplica los costes y te expone a riesgos que aún no terminas de evaluar. La tecnología corre más rápido que tu capacidad para comprenderla.
