La inteligencia artificial entre el catastrofismo y la realidad
Cada nueva tecnología genera dos reacciones instantáneas: los que ven en ella la solución a todos nuestros problemas y los que anuncian el colapso civilizatorio. La inteligencia artificial no es diferente. Recientemente, un experto universitario en esta disciplina confesaba públicamente que la velocidad de su desarrollo le causaba vértigo, sugiriendo que sin un control adecuado podríamos enfrentarnos a consecuencias catastróficas.
El problema no está en que las tecnologías carezcan de riesgos reales. El problema es la tendencia a imaginar futuros apocalípticos donde máquinas cada vez más potentes avanzan sobre una humanidad completamente paralizada, incapaz de reaccionar. La historia sugiere una perspectiva diferente.
En 1881, The New York Times se preguntaba si el telégrafo podría alterar las corrientes oceánicas, desplazar el ecuador o incluso afectar la inclinación del planeta. Casi treinta años después, un profesor de Cornell aseguraba que los aviones eran una moda pasajera y que el futuro pertenecía a los dirigibles. En los años ochenta, el walkman se presentaba como una amenaza para las relaciones humanas. Y en 1995, un conocido astrónomo cuestionaba seriamente la viabilidad del comercio electrónico, porque los consumidores nunca confiarían en introducir sus datos de tarjeta en una computadora.
Estas predicciones comparten un patrón: identifican un riesgo legítimo y lo proyectan hacia su consecuencia más extrema, imaginando una sociedad congelada en el tiempo mientras la tecnología avanza sin límites. La realidad funciona de otra manera.
Por qué fallamos en nuestras predicciones
- Suponemos que la tecnología evoluciona mientras la sociedad permanece inmóvil. Olvidamos que aparecen nuevas leyes, normas de seguridad, modelos educativos y comportamientos sociales adaptados. Los automóviles fueron inicialmente mortíferos hasta que llegaron los semáforos, los permisos de conducir, los cinturones de seguridad.
- Convertimos un riesgo real en su versión catastrófica. Que la IA pueda eliminar ciertos empleos es una preocupación legítima. Que elimine el trabajo es una proyección sin evidencia.
- Ignoramos que las sociedades y las empresas también cambian. Internet destruiría el comercio tradicional, decían. En realidad lo transformó y coexisten ambos modelos.
Internet generó problemas auténticos: la pérdida de privacidad, la desinformación, la ciberdelincuencia, el poder monopolístico de las plataformas. Pero no destruyó la sociedad. Se convirtió en una infraestructura esencial, imperfecta, frecuentemente mal utilizada, pero ya inseparable de nuestras vidas.
Con la inteligencia artificial sucederá probablemente algo similar. Los riesgos son reales y merecen atención seria. Pero la paranoia sistemática nos impide ver que mientras cambia la tecnología, también cambiamos nosotros, nuestras leyes y nuestras formas de organizarnos. Ese cambio simultáneo es lo que la mayoría de análisis catastrofistas sistemáticamente ignora.
