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Inteligencia artificial: desafío antropológico – Revista Ecclesia

Inteligencia artificial: desafío antropológico – Revista Ecclesia

La tecnología que crece más rápido que internet: qué implica realmente

La inteligencia artificial llegó a nuestras manos hace menos de cuatro años, pero ya está presente en casi todo lo que hacemos. No es casualidad que distintos estudios midan su penetración: Microsoft señala que el 17,8 % de la población activa mundial la utiliza, mientras que Stanford estima que ya alcanza al 53 % de los habitantes del planeta. Las cifras varían, pero los datos coinciden en algo importante: la IA se expande más deprisa que lo hicieron los ordenadores personales o internet.

Esa velocidad esconde una realidad incómoda. Los líderes indiscutibles en adopción son Emiratos Árabes Unidos (70,1 % según Microsoft, 64 % según Stanford) y Singapur (63,4 % y 61 %). España aparece en torno al 44 %, junto a otros países europeos. La brecha geográfica es evidente: el norte prospera mientras el sur se queda atrás, una pauta que ya conocemos de otras olas tecnológicas.

Ahora bien, cuando hablamos de IA tendemos a pensar en ChatGPT o en sistemas similares. La realidad es más amplia y menos glamurosa. Los grandes modelos de lenguaje que maneja cualquiera son solo una parte. La IA gestiona imágenes médicas, conducción autónoma, publicidad dirigida, redacción de textos. Son herramientas de control delegado en las que hemos aprendido a confiar sin saber muy bien qué ocurre dentro.

Aquí está la trampa del lenguaje. Llamarla «inteligencia artificial» sugiere que hay pensamiento, comprensión, responsabilidad en las máquinas. No la hay. Detrás de cada sistema hay humanos: quienes lo diseñaron, quienes lo programaron, quienes establecen la ley, quienes lo usan. Tú, cuando haces una consulta, entrenarás esa máquina con tu información.

La palabra importa porque modifica tu percepción. Si crees que una máquina es inteligente, tenderás a confiarle decisiones que quizá no debería tomar en solitario. En medicina, en justicia, en recursos humanos, esa confianza mal depositada es peligrosa.

La rapidez de la adopción también plantea una cuestión práctica. Cuando una tecnología avanza tan deprisa, los marcos legales se quedan atrás. El derecho laboral, la protección de datos, la responsabilidad civil, la ética médica: todo necesita adaptarse a herramientas que hace cuatro años no existían de forma masiva. Eso deja un vacío donde tú, como usuario o como trabajador, te mueves sin protección clara.

Los historiadores notan algo curioso: la literatura y el arte ya abordaban estos dilemas hace décadas. Los hermanos Čapek escribieron sobre robots en 1920. Asimov desarrolló leyes de la robótica en ficción. El arte iba por delante. Quizá porque el verdadero problema no es técnico, sino antropológico. Se trata de preguntarse qué significa ser humano en un mundo donde delegamos cada vez más tareas en máquinas que no entienden lo que hacen.

Tu responsabilidad empieza por ser consciente de eso.

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