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Emilio Aragón reflexiona sobre el miedo a la inteligencia artificial: «Siempre se me ha dado muy mal la tecnología, pero no me cabe en la cabeza que una máquina componga»

Emilio Aragón reflexiona sobre el miedo a la inteligencia artificial: «Siempre se me ha dado muy mal la tecnología, pero no me cabe en la cabeza que una máquina componga»

Cuando la máquina se cuela en la creación artística

La inteligencia artificial avanza tan rápido que ya no se limita a resolver dudas o filtrar contenidos en redes sociales. Hace poco servía para responder preguntas triviales. Ahora genera textos, compone música, pinta imágenes. Y ahí es donde algunos creadores levantan la mano para cuestionar hasta dónde debe llegar esta tecnología.

Emilio Aragón, con trayectoria en circo, teatro, literatura y dirección de orquesta, expresa una inquietud que comparten muchos profesionales del arte: le resulta inconcebible que una máquina pueda componer. No es una postura luddita de alguien ajeno al mundo tecnológico, aunque él mismo admite no haber sido un entusiasta de estas herramientas. Es una pregunta legítima sobre qué ocurre cuando el algoritmo coloniza territorios que hasta ahora parecían exclusivamente humanos.

El dilema es real. Durante años hemos normalizado que la IA nos sugiera qué leer, qué ver o qué comprar. Aceptamos que un algoritmo sepa más de nuestros gustos que nosotros mismos. Pero la creación artística toca otra fibra. No es lo mismo que una máquina te recomiende una sinfonía que la máquina sea quien la componga directamente.

Aquí entra en juego algo que Aragón señala con acierto: llegará un momento en que no sabremos distinguir si una obra proviene de un creador humano o de un modelo de inteligencia artificial. Y no se trata de un problema menor. Si bien la tecnología puede asistir procesos creativos, existe una diferencia fundamental entre asistencia y sustitución. Una cosa es que una herramienta te ayude a materializar una idea; otra muy distinta es que la herramienta genere esa idea sin intervención humana real.

Lo que falta en estos momentos es un marco claro. ¿Cómo certificaremos la autoría de una obra? ¿Qué ocurre en contratos de producción musical, literaria o visual cuando se incorpora IA? ¿Cómo se protegen los derechos de autor si la obra proviene de una máquina entrenada con miles de creaciones humanas sin consentimiento explícito?

Estos no son interrogantes menores. A medida que la IA se infiltra en sectores creativos, la ambigüedad legal es cada vez más problemática. Los acuerdos de propiedad intelectual, los contratos editoriales, los convenios entre productoras y artistas: todo esto necesita evolucionar rápido.

Quizá el verdadero reto no es detener la tecnología, sino aprender a convivir con ella estableciendo límites claros sobre qué es creación asistida y qué es creación artificial pura. Y, sobre todo, asegurar que se respete el trabajo y la firma de quien efectivamente crea.

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