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El impuesto invisible de la inteligencia artificial – Enrique Dans

El impuesto invisible de la inteligencia artificial – Enrique Dans

El coste oculto de la carrera por la inteligencia artificial

Cuando compras un coche nuevo o un ordenador, estás pagando más de lo que crees. Detrás de ese precio final hay algo que casi nadie ve: la demanda masiva de componentes electrónicos que generan los data centers construidos para alimentar sistemas de inteligencia artificial como ChatGPT, Claude o Gemini.

Los data centers necesitan cantidades enormes de memoria RAM y otros componentes. Esa demanda dispara los precios de estos materiales en el mercado general. Un automóvil típico de unos 50.000 dólares puede costar unos 2.000 dólares más solo por este efecto: aproximadamente un 4% de incremento. En los vehículos modernos, que ya funcionan prácticamente como ordenadores sobre ruedas, el impacto es aún mayor. Las nuevas arquitecturas centralizadas que sustituyen a los antiguos sistemas distribuidos pueden representar en torno al 20% del coste total del vehículo.

El problema va más allá del sector del automóvil. Cualquier producto con componentes electrónicos sufre este encarecimiento invisible. Mientras tanto, la construcción de estos data centers genera tensiones con las comunidades locales por el consumo de agua y electricidad, pero también plantea una cuestión política fundamental: existe una factura que los ciudadanos no han aprobado, pero que pagan cada vez que adquieren algo.

Qué debes tener claro como consumidor

  • No es un efecto anecdótico: repercute en casi todos los aparatos electrónicos que compras
  • Es una consecuencia de decisiones que tomaron otros, no tú
  • Los políticos han permitido esta situación bajo presión de grupos de interés muy potentes
  • Las propias compañías de IA reconocen el rechazo ciudadano como uno de sus riesgos principales

Desde el punto de vista legal y económico, aquí se produce una externalidad: los beneficiarios de esta tecnología (las grandes corporaciones de IA) no cargan con todos los costes. Esos costes se dispersan entre millones de consumidores que los absorben sin saberlo. Es como si pagases una parte de la factura de luz de un data center cada vez que renuevas tu vehículo o tu equipo informático.

Lo peculiar es que esto sucede con escaso debate público. No hay transparencia sobre cuánto de ese precio final corresponde realmente a este efecto, y tampoco existe control ciudadano sobre dónde se instalan estos centros ni cómo se regulan sus impactos. Las administraciones públicas tienden a favorecer su construcción bajo promesas de empleo y recaudación fiscal, a menudo sin evaluar adecuadamente las consecuencias para el conjunto de la población.

Cuando veas el precio de un producto electrónico, recuerda que parte de esa cifra financia la infraestructura de una industria en la que no has participado en la decisión, pero cuyas consecuencias económicas soportas de todos modos.

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