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Del detector de inteligencia artificial al linchamiento algorítmico – Enrique Dans

Del detector de inteligencia artificial al linchamiento algorítmico – Enrique Dans

La trampa del veredicto automático: cómo acusan sin pruebas

Imagina que alguien te acusa de algo sin conocer cómo trabajas, sin saber qué investigaste, cómo documentaste tu trabajo o cuántas veces corregiste lo que escribiste. Solo porque un algoritmo lo dice. Eso es exactamente lo que ocurre con los detectores de inteligencia artificial generativa aplicados al contenido textual.

El problema de fondo es brutal: invierte completamente la carga de la prueba. Tú, quien escribiste algo, debes demostrar un hecho negativo: que no usaste IA. Y eso es imposible. No existe prueba concluyente de una negación. Es como el antiguo «juicio del agua fría» medieval, donde cualquier resultado te condenaba de todas formas.

Estos detectores cometieron errores groseros al inicio. El de OpenAI, retirado en 2023, solo identificaba el 26% de textos generados por máquinas, pero marcaba erróneamente como artificial el 9% de lo escrito por humanos. Clásicos de la literatura han sido señalados como obra de IA. Luego llegó Pangram, y muchos le atribuyeron una fiabilidad casi mágica, aunque solo analiza estilos de redacción sin conocimiento alguno del proceso real de escritura.

Aquí está la cuestión que muchos no entienden si no escriben regularmente: escribir no es solo teclear. Comienza con una idea original, pasa por investigación, estructuración, razonamiento, documentación, correcciones múltiples. La IA generativa puede intervenir en partes muy distintas de ese proceso sin afectar tu autoría intelectual. Puede ayudarte a documentar, a encontrar fuentes, a traducir tu artículo a otro idioma. ¿Eso lo hace menos tuyo? ¿Menos tuyo que si usaras un traductor profesional humano?

Pero el problema escaló de manera irresponsable cuando LinkedIn permitió a cualquiera marcar contenido como «AI slop» con un botón. Ahora no hablamos de precisión técnica: hablamos de linchamiento público. Un usuario con seguidores aprieta el botón basándose en su impresión, y se forma una turba que cuestiona tu credibilidad profesional sin mediar consideración ninguna.

En la práctica, muchas acusaciones surgen simplemente porque alguien no imagina cómo otro puede escribir algo así, o porque la ilustración es generada por máquina —como si estuvieras obligado a ser fotógrafo además de escritor—.

La realidad: estos sistemas no saben cómo conceptualizaste tu idea, qué fuentes consultaste, cuántos borradores hiciste o cómo puliste cada párrafo. Emiten un porcentaje sin explicación y eso se convierte en veredicto inapelable que ataca tu integridad, sin importar tu historial o el mérito del propio trabajo.

Eso es probatio diabolica: te exigen demostrar lo que no hiciste, con una máquina que desconoce completamente tu forma de trabajar como fiscal.

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