Cuando los errores de escritura filtran a los candidatos docentes
Las pruebas de acceso a la enseñanza están revelando un problema que va más allá del examen en sí mismo. Los suspensos elevados en varias comunidades autónomas han puesto de manifiesto un volumen importante de faltas de ortografía entre quienes aspiran a ser maestros o profesores. Lo interesante es que el debate no debería limitarse a criticar la dificultad de las pruebas, sino a entender qué está pasando realmente con el dominio del lenguaje escrito.
Los números hablan por sí solos. En Canarias, apenas el 18,6% de los candidatos superó la primera fase de la convocatoria de Secundaria (solo 213 de 1.146 aspirantes), frente a porcentajes muy superiores en otras especialidades como Música y Artes Escénicas, donde alcanzó el 51,7%. En Asturias, se han documentado errores como escribir «abances» en lugar de «avances», «surga» en lugar de «surja» o «llendo» en lugar de «yendo», además de problemas graves de puntuación, sintaxis y comprensión lectora.
Ahora bien, ¿de dónde sale realmente el problema? No es solo una cuestión de móviles y ordenadores, aunque estos dispositivos influyan. Es más profundo: quienes se preparan para enseñar deben ser referentes lingüísticos para su alumnado. Cuando un profesor escribe una palabra incorrecta en la pizarra, el estudiante la copia tal cual. La ortografía, en este contexto, no es un capricho ni una exigencia esnob, sino una herramienta de credibilidad profesional.
Hay un matiz importante: no todos los errores pesan igual. Confundir una palabra poco frecuente puede ser comprensible, pero escribir «voy» con «b» o «globo» con «v» delata una carencia que no resulta justificable en alguien que va a trabajar en un aula. Además, existe un límite de puntos a descontar por faltas, pero llega un momento en que la cantidad y gravedad de los errores hacen que matemáticamente sea imposible aprobar.
- Los suspensos no dependen exclusivamente de ortografía, pero esta puede resultar determinante cuando los errores son numerosos o graves.
- Algunos errores revelan carencias básicas; otros pueden deberse a desconocimiento de palabras menos comunes.
- La función docente exige ser un modelo de lenguaje correcto para el alumnado.
Las administraciones educativas, en algunos casos, atribuyen los suspensos a sistemas de acceso «eminentemente memorísticos y eliminatorios». Quizá tengan razón en parte. Pero eso no resuelve la cuestión de fondo: ¿qué falla en la formación previa de estos candidatos para que lleguen a este punto? La responsabilidad es compartida, y vale la pena reflexionar sobre en qué momento del sistema educativo se pierde el rigor con la expresión escrita.
